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Psicología y pedagogía de la intuición



El enigma de la intuición
La creatividad consiste en generar nuevas ideas o nuevas asociaciones entre conceptos ya establecidos, de manera que se produzca una solución original. Según la Teoría de los Cuatro Factores de Torrance, para ello se requiere de cerebros fluidos, flexibles, que conduzcan a la originalidad y a la elaboración total del asunto. Por su parte la intuición es el acto de generar un conocimiento de una forma directa, inmediata, pero sin la intervención de la deducción o del razonamiento (Ferrater Mora). Se advierte una diferencia entre ambos conceptos. Se pudiera ser creativo conscientemente, pero intuitivo no, porque en la intuición no interviene un acto de voluntad. También se puede ser creativo inconscientemente, pero con la ayuda de la intuición. Como mediante ambos procesos se ha de ofrecer una solución probadamente original que pueda eficazmente emplearse por cualquiera, difícilmente se podrá encontrar una solución original, no prevista antes a pesar de los múltiples intentos por encontrarla, si el acto de creación no incluye una feliz idea de intuición, ya que una solución original no puede ser encontrada solo a base de voluntad y mucho menos de razonamiento pues partiría de premisas conocidas lo que supone que cualquier ser inteligente puede derivarla en relativamente poco tiempo y entonces no precisa de años para que aparezca. La intuición es rarísima, urge de múltiples intentos a lo largo de muchos años tratando de conseguir la solución. Más claramente: quiero resolver este enigma, pero no puedo porque no se me ocurre la solución a pesar de que ya he hecho lo imposible por conseguirla durante mucho tiempo. Al fin encontré la idea, ¿cómo pude? No sé, vino de repente y funcionó. ¿No estamos de acuerdo en que las cosas suceden así?
Ahora bien, como la intuición es inconsciente parece inaccesible. Todos los tratadistas están de acuerdo en que, al no poderse conocer el modo de pensar con el que se ha llegado a la idea intuida, es imposible saber si el método desarrollado por nuestro subconsciente ha sido correcto o no.
Para explicar esta función cognitiva Descartes aceptaba que se ponían en marcha ideas innatas que se conectaban con ideas surgidas por la experiencia. Daniel Kahneman – premio Nobel de Economía en 2002 – propuso que el fenómeno sería causado por determinados "atajos mentales" desarrollados a lo largo de la evolución. Por su parte los esotéricos afirman que las causas de la intuición residen en capacidades extrasensoriales del individuo. Finalmente, existen teóricos que niegan la existencia de la intuición, la causa de los descubrimientos las adscriben al intenso trabajo humano.
Pues bien, a riesgo de semejar una suficiencia que el autor de estas líneas rechaza, vamos a demostrar en esta monografía no solo la causa de la intuición sino además el método para conocer la legitimidad de este acto y, lo más importante, la manera de instruir a los estudiantes para que desarrollen sus capacidades intuitivas con un nuevo método pedagógico que muy bien pudiera denominarse: "Método de enseñanza-aprendizaje mediante la intuición".

El desarrollo armónico de los sistemas naturales
El ser humano es un ente natural, tal como lo son un molusco, un rosal o una estrella. Lo natural debe obedecer las mismas leyes generales de desarrollo o los entes se excluirían mutuamente, no habría patrón para establecer lo natural. Esto no excluye que existan leyes específicas para cada entidad existente, significando por entidad el conjunto de organismos similares. Desde hace mucho se conoce que el pensamiento del hombre, esencia del ente natural ser humano, sigue los patrones del análisis-síntesis (aproximadamente razonamiento-intuición). De manera semejante se comportan los sistemas biológicos: una célula fecundada se divide en dos pero esta progresión no continúa un camino arbitrario sino que cuando hay suficiente de ellas todas se integran en un primitivo ente organizado, el cual solo así tiene capacidad para repetir la progresión en una nueva multitud de células que finalmente quedan también organizadas en otro ente y al ocurrir varios entes quedan todos integrados en el ente superior que los completa a todos. En el caso del animal se identifica la progresión cigoto, mórula, blástula, gástrula, generalidad que se va particularizando para formar las distintas especies. De esta manera se forma el molusco, el hombre, el rosal o la estrella (polvo cósmico que la gravedad atrae hasta lograr los procesos de fusión-fisión, síntesis-análisis, característicos de su radiación energética). Esta vía general la siguen todos los seres vivos tanto en su etapa de gestación individual como en su etapa de evolución como especie: de aquí que los biólogos en un momento hayan expresado que la ontogenia repite a la filogenia. Como se puede ahora intuir, tanto en el desarrollo del pensamiento como en el desarrollo de los seres vivos, la descentralización (razonamiento analítico, multiplicación de células) va conformando una centralización (razonamiento sintético, formación de una entidad biológica) y viceversa. La descentralización conduce a la centralización a la vez que la centralización conduce a la descentralización. No importa que en cada etapa predomine una de ellas, ambas existen siempre. En realidad, este proceso sigue cuatro etapas que no exponemos aquí porque nos apartaría del objetivo, pero que puede leerse en "La breve sonrisa de Leonardo", publicado en este mismo sitio digital en 2007 y donde se expone cómo la historia de la humanidad y la historia del arte siguen esta misma ley.
En el caso del mundo físico, una multitud de micropartículas separadas pero incluidas en un recinto, si están suficientemente energizadas formarán átomos, los átomos se fusionan en átomos cada vez mayores que a su vez se fisionan, se unen en moléculas y estas en partículas que a su vez pueden separarse de nuevo. Así, el proceso de centralización conforma descentralizaciones y viceversa también en el mundo físico.
Este transcurrir se observa también en los movimientos armónicos. El muelle se compacta (centraliza, síntesis) y se elonga (descentraliza, análisis) eternamente si no hay pérdidas de energía, dando lugar como decíamos, al movimiento armónico que se puede modelar matemáticamente en una ecuación sinusoidal o en una exponencial. Ahora podemos vislumbrar que incluso el desarrollo biológico o el pensamiento humano pudieran ser susceptibles de modelación matemática lo cual a su vez causaría una revolución en las ciencias. Pasamos a los sistemas astronómicos. La "evolución" de los planetas alrededor de su estrella, la rotación, se modela en Física a través de ecuaciones armónicas idénticas a las del muelle, de donde seguirá el proceso de centralización-descentralización ya descrito arriba. Y así los sistemas planetarios alrededor del centro de la galaxia, las galaxias alrededor del centro local, y sucesivamente hasta llegar a los supercúmulos.
En cuanto concierne a la ciencia Química, las sustancias simples se fusionan (centralización) para formar sustancias complejas con propiedades diferentes de las primeras. A su vez las sustancias complejas se descomponen (descentralización) para formar sustancias simples. Algunas reacciones pueden ser reversibles, y aunque estas son escasas, se cumple que toda transformación química es de composición o descomposición porque las recombinaciones que usualmente siguen las reacciones químicas no son otra cosa que movimientos obligados de las moléculas, las cuales se descentralizan para centralizarse luego a otro nivel.
Parece probable que se siga el mismo patrón en la psicología, la biología, la física, la astronomía y la química. Como la matemática modela el mundo real está obligada a establecer a su vez el mismo patrón. Las sumas se centralizan en las multiplicaciones; las restas, en las divisiones, el cálculo se continúa acrecentando en cálculo de potencias y raíces hasta que el álgebra las centraliza a todas a un nivel superior: tres letras del álgebra son incógnitas que pueden representar cualquier número de acuerdo a las diferentes variaciones que se haga en las ecuaciones. El cálculo superior se descentraliza en diversos campos, el cálculo diferencial descentraliza y el integral centraliza. Las derivadas parciales descentralizan, las ecuaciones diferenciales centralizan.
Pasemos ahora al habla, el lenguaje. Los sonidos que produce el aparato fónico los simbolizamos en letras y en sus combinaciones, los grupos silábicos y las sílabas. ¿No sería interesante la siguiente novedad?: forma con los grupos silábicos palabras y con las palabras, grupos silábicos. ¿No sería interesante para los alumnos de las Secundarias que con la palabra muchedumbre formaran dos palabras? Muchos y hombres. Muchos-hombres. Muchedumbre. ¿No desarrollaría el pensamiento lógico y el intuitivo en los jóvenes? ¿No descubre el significado de la palabra muchedumbre sin necesidad de ir al diccionario? No será muy formal, pero es un juego. Y este juego hace fluido y flexible el pensamiento y permite encontrar una visión desconocida en las palabras. También puede proponerse que, como a los niños los pelan bajito o sea, los pelan mocho, se encuentre una palabra que se signifique niño pero que se parezca a mocho. Y es interesante este juego porque así mismo descubrió el ser humano la palabra muchacho.

¿Cómo surgen los descubrimientos?
Ahora abordamos una explicación del descubrimiento fundamentada en las anécdotas que renombrados sabios han hecho sobre cómo apareció la idea salvadora en su cerebro. Hemos establecido las semejanzas que ocurren en la evolución de los sistemas naturales. Sucede entonces que un científico, pensando en la causa que provoca determinado fenómeno incomprensible, la encuentra "casualmente" cuando su cerebro la eslabona a otro suceso comprensible pero no consciente y que se aparece de pronto. Veamos algunos ejemplos, no pueden ser muchos porque han sido pocos quienes han poseído una formidable capacidad de introspección. Pero con unos pocos basta porque conducen a conclusiones convincentes.
Se dice que Newton descubrió la Ley de Gravitación Universal cuando la asoció con la caída de una manzana desde su árbol. En esa época Newton se preguntaba cuál era la causa por la cual una masa menor da vueltas alrededor de una masa mayor. Tengamos presente la importante censura que pesaba sobre el pensamiento entonces: los fenómenos celestes pertenecen a un reino completamente apartado de los fenómenos terrestres. Las cosas pudieron ocurrir así: preguntándose qué hacía a la Luna, por ejemplo, dar vueltas alrededor de la Tierra y por qué no se escapaba de ella, concluye que evidentemente hay algo que la hala hacia la Tierra. Según Voltaire (Epístola sobre Newton, 1736), reposaba bajo un manzano. Tal vez estuviera reposando debajo de un manzano, tal vez no, pero esa idea de algo que hala hacia la Tierra comunica con un suceso harto conocido tal vez no presente en ese momento, tal vez sí, la caída de una manzana de su árbol. Igual que los reflejos condicionados conectan una señal con un estímulo salival que nada tienen en común, la noción "halar hacia la Tierra" conecta de repente con la noción "manzana cayendo de su árbol hacia la tierra" de manera automática, dada la semejanza de ambos fenómenos. Como es tan rápido el efecto, pocos científicos son capaces de tomar conciencia de ello y les parece que la idea ha llegado de repente y sin causa aparente. Aquellos pocos con buena inteligencia intrapersonal, repetimos, sí han recordado la asociación. Ambas nociones vienen de manera casi simultánea. Pero lo cierto es que ya ha quedado atrapada la idea. Y entonces la fuerza que hace caer la manzana pudiera extenderse hasta la Luna y ser la responsable de que el satélite no pueda escapar a su acción. Ahora habría que demostrar que la vuelta que da la masa menor alrededor de la mayor es una caída. Y eso precisamente es lo que hace Newton al combinar la inercia de la masa menor con la recién descubierta por él misteriosa fuerza grave que atrae tanto a la manzana como a la Luna. Después, la generalizó a todo el universo por lo cual la nombró: Ley de Gravitación Universal. Modela el descubrimiento mediante una ecuación matemática – para lo cual necesitó que apareciese otra intuición de la cual no hablaremos nosotros aquí – y finalmente surge la Ley de Gravitación Universal.
A Philo Farnsworth (1906 – 1971), inventor de la televisión, se le ocurrió la idea de escanear una pantalla con rayos catódicos y que de esta forma se dibujara en ella la imagen al ver salir disparados los terrones cuando la cuchilla de su arado los acometía. Los terrones salidos en trayectorias curvas semejaron los rayos de electrones desviados por un imán. Si los electrones salieran así, en todas direcciones, pudieran conformar imágenes en una pantalla fluorescente. Esta idea originaria había resuelto el problema principal en un instante, aunque después la mejoró suponiendo que debía barrerse toda la pantalla de un lado a otro y de arriba abajo con un pincel de electrones. Y esta nueva idea surgió otra vez en su labor agrícola: un día en que trabajaba con una cosechadora, se le ocurrió que un haz de electrones desviado magnéticamente para que operase línea por línea, como hacía la cosechadora, podía soportar la imagen de un modo parecido a la manera en que trabajan los ojos al leer un libro (Horvitz, L.A: ¡Eureka! Descubrimientos científicos que cambiaron el mundo). Cuando le llegaron aquellas intuiciones era un adolescente de catorce años, campesino y autodidacta. En 1928, Farnsworth había desarrollado el sistema lo suficiente como para que lo publicaran: Un titular del San Francisco Chronicle del 3 de septiembre de 1928 divulgaba: «Un invento de un ciudadano de San Francisco que hará época: la televisión» [...]. El artículo que lo acompañaba describía su disector de imagen diciendo que era «del tamaño de un cuarto de galón ordinario de los que las amas de casa utilizan para conservar la fruta» (ídem.) Valga decir que este invento, que ha convertido a varios peleles en billonarios no le reportó a él ni reconocimiento ni un centavo. Permaneció olvidado durante todo el siglo XX como puede leerse en textos de la época (Enciclopedia Británica, ed. 1959, art. television, o Diccionario de inventos y descubrimientos, Editorial Egelsur, 2000; o Inventos y descubrimientos famosos, Editorial América, o Pequeño Larousse Ilustrado, 1967: todos los cuales dan como inventor a quien lo plagió, el ruso Vladimir Zworykin). Murió ignorado, pobre y solo. Murió curda.
El alemán Fredrick Kekulé (1829 -1896) descubrió la fórmula del benceno después de una pesadilla que recordó al despertar: una serpiente se mordía la cola. Esto, aunque parece extraño, es fidedigno y puede corroborarse pues es muy notorio. La nueva fórmula fue dada a conocer en: "Sur la constitution des substances aromatiques," en 1865 (Bulletin de la Societe Chimique de Paris), cuando Kekulé residía en Bélgica. Su intuición sobre el benceno y aquella cuando descubrió la estructura química, Kekulé los hizo públicos en una conferencia bastante después de descubiertos. Debemos puntualizar que Kekulé estuvo, al igual que otros investigadores, muchos años, ocho, tratando de encontrar la fórmula estructural del benceno. No había manera de hacer corresponder seis elementos hidrógeno con seis elementos carbono. El número de oxidación del carbono es cuatro, algo descubierto por él mismo años atrás. Puede compartir dos números de oxidación con otro átomo de carbono (algo también descubierto por él) pero si los dos números de oxidación que le sobran tienen que enlazar al número de oxidación del hidrógeno, que es uno, se enlazarían dos carbonos entre sí con cuatro hidrógenos. O tres carbonos entre sí con seis hidrógenos. Pero parece imposible que seis hidrógenos enlacen con seis carbonos. Con seis carbonos no puede haber tan escasos seis hidrógenos. Pero la porfiada experiencia de laboratorio mostraba el benceno con exactamente esa proporción. Kekulé habría tratado de dibujar – desde niño era aficionado al dibujo – una buena cantidad de combinaciones sobre infinitos papeles, en dos y tal vez simulando tres dimensiones para ver cómo seis combinaba con seis. Habrá supuesto el carbono con tres valencias, con una, sin ninguna. Eventualmente habrá torcido en forma de escuadra la sucesión de carbonos enlazados, volteando los extremos hacia arriba, hacia abajo, hacia arriba y hacia abajo. Y estos movimientos oscilatorios llegó un momento que se asemejaron a los movimientos oscilatorios de una serpiente. En su adolescencia tuvo aficiones silvestres: la caza y colección de mariposas que después dibujaba en un álbum. En sus años universitarios era bien popular entre los jóvenes el símbolo uróboros, el reptil que se tuerce sobre sí mismo para devorarse por la cola, símbolo del eterno retorno, ciclos que comienzan de nuevo en cuanto concluyen, concepto empleado por la humanidad desde hace 3000 años. El uróboros puede ser un dragón o un reptil en forma circular engullendo su cola. Lo cierto fue que aquella noche las caprichosas estructuras de las fórmulas que dibujaba se confundieron en su sueño con el uróboros. Despertó. Llegó como de milagro la idea: las fórmulas químicas no necesariamente deben tener principio y final, podían no tener ni principio ni final, como la figura del uróboros. ¿Y si aquella forma inusual de la fórmula permitiera que seis carbonos se enlazaran con seis hidrógenos? Después de esta intuición comienza el problema nuevo sobre cómo esta forma sin principio ni fin puede acomodar seis carbonos junto a seis hidrógenos. Seis carbonos. Seis hidrógenos. Llega una nueva intuición: seis lados, hexágono. Y ahora se hace necesario un análisis razonado sobre cómo seis hidrógenos pudieran enlazar a seis carbonos en un hexágono. Parece inmediato que en los vértices del hexágono se instalen los carbonos. La fórmula debía concordar con un hecho experimental: era conocida la existencia de un solo isómero en los monoderivados del carbono. Tres de las cuatro valencias unirían los elementos de carbono contiguos y la cuarta valencia enlaza el hidrógeno. Y las dobles valencias, ¿dónde quedan? Porque pueden alternarse y quedarían dos fórmulas estructurales iguales con los dobles enlaces de carbono alternados, lo cual a su vez daría lugar a dos isómeros en los monoderivados del carbono. Pero existe un solo isómero. ¿Dónde poner los dobles enlaces? ¿Aquí o acá? Aquí, acá. Intuición: ¡aquí y acá! El benceno alterna entre las dos formas. Por eso existe un solo isómero. ¡Eureka! Todas estas intuiciones de Kekulé coincidieron con la presentación del benceno en dos isómeros resonantes, como después puntualizó el Premio Nobel Linus Pauling, demostrando que ambas estructuras se superponen. Pero – cuidado – esto no brota así tan de repente como surte un manantial.
Tratemos ahora un importante asunto. Desde mucho se sabe que también se hacen descubrimientos por una inducción lógica. Cuando un fenómeno que provoca determinado efecto se repite varias veces, el investigador supone que ese fenómeno es la causa del efecto. Ahora bien, depende de cómo sea hecha esa inducción. Si la impresión sensorial del fenómeno que se repite, o su noción por cualquier vía, conduce a un conocimiento general que abarca la esencia de los fenómenos experimentados, dada la semejanza de los rasgos fundamentales que en ellos hay, la inducción se reduce al eslabonamiento de sucesos que hemos presentado aquí, o sea, es un "Descubrimiento por Semejanza de Esencias"; pero si no conduce a una noción general incluyente se pudiera replicar ante tal descubrimiento el argumento de Carl Gustav Hempel sobre los cuervos negros: aunque todos los cuervos que hayan sido vistos sean negros, esto no prueba que el próximo en verse sea de otro color. Una Semejanza de Esencia ocurre cuando Newton, después de conectar la "caída" de la Luna con la caída de la manzana, posteriormente se da cuenta que la fuerza que hala la manzana del árbol no tiene nada que la anule para que alcance también la Luna, o cuando Kekulé, después de conectar una pesadilla que tuvo con las fórmulas químicas, analiza posteriormente que las fórmulas no tienen por qué poseer un principio y un final.

Cómo surge la locura del genio
Veamos otra cuestión: decía Edison que el genio tiene un uno por ciento de intuición y un noventa y nueve por ciento de transpiración. O sea, que para que aparezca la idea por intuición hay que buscar intensamente por diversos caminos hasta que en uno de ellos aparezca el uróboros. Por eso la personalidad del descubridor o del inventor tiene que ser muy peculiar. La tenacidad en busca del uróboros probablemente tenga que durar toda la vida. Y este tipo de locura no es frecuente. Si el genio tiene que ser imaginativo aún mucho más tiene que ser persistente. Una obstinación tal a veces nace de una pasión por afirmarse ante los demás después de haber sufrido una gran subestimación, ser víctima de un gran prejuicio, una disfunción u otras peores embestidas infligidas casi siempre en la infancia tierna cuando la razón no permite comprender el mundo. Esa es la causa de tantos judíos geniales nacidos en un país como Alemania u otros.
Ocho años llevó a Kekulé encontrar la estructura del benceno. Hijo de una familia de aristócratas batalladores desentonaba su fragilidad. Diez años le llevó a Newton completar sus tres enfoques sobre el Cálculo Diferencial e Integral. Huérfano de padre, su madre lo abandonó a los tres años para casarse sin ataduras. El niño quiso abrazarse al abuelo y este pagó su cariño desheredándolo. En su adolescencia temprana, el joven campesino entró solo y asustado al colegio secundario, lo cual aprovechó el cacique del aula para zaherirlo. Era más alto y fuerte que él, pero Newton ripostó con otra pulla. Entonces el bravucón se acercó amenazante al niño y le descargó una patada en el estómago. Pero ante los golpes del mundo se reacciona de dos maneras. El cobarde se retira, el valiente enfrenta al mundo. Newton, mucho más débil que el agresor, no obstante ello esperó a que terminara la clase y lo retó a una pelea. Cuando ambos se enfrentaron Newton ingenió agarrarlo por las orejas, como había visto hacer con los animales, y lo golpeó fuerte contra una pared. Se dio a respetar. Nunca asombró como prodigio, ocupaba el último banco del aula. Pero a golpe de empeño fue ganando posiciones hasta ocupar los primeros puestos. En cada banco que ganaba esculpía a navaja su nombre. Desde niño se vio que iba a ser gigante. Albert Einstein estuvo trabajando toda la vida tratando de encontrar una teoría que unificara todos los campos físicos. No lo consiguió. No aprendió a hablar hasta los tres años por lo cual contrastaba con su hermana, desde temprano locuaz y vivaracha. Cuando niño un maestro blandió un gran clavo en su aula vociferando que los judíos habían crucificado a Jesús. Él era el único judío en la clase.
Estos han sido los prototipos biográficos de Edison, Kekulé, Newton y Einstein y en todos vemos una misma horma: las grandísimas tareas civilizatorias que ejecutaron vinieron apuntaladas por un esfuerzo también sobrehumano, posiblemente surgido por la voluntad de afirmarse ante las desventajas que le deparó la vida. Con esta clase de tenacidad existen otros muchos ejemplos. Descartes no fue un niño saludable. Tan débil era que permanecía en cama durante algunas sesiones de clases. Pero, muy curioso y voluntarioso y este sí con una mente muy precoz, finalmente llegó a ser uno de los padres de la revolución científica, inventó la Geometría Analítica, estructuró el concepto de Inercia en Física y se lo considera el padre de la Filosofía Moderna al descubrir que para evitar un error en filosofía no basta ser inteligente sino que se requiere de un método, comenzar por la puerta del frente: si se necesita hacer hipótesis sobre el mundo es necesario partir por el conocimiento de los principios y la arquitectura de este mundo. Immanuel Kant, aunque el hecho asombre, no destacó por su inteligencia como estudiante sino por su voluntad, por su constancia en el estudio. Sin embargo dejó una obra filosófica trascendente e ineludible. A fuerza de voluntad comenzó a escribir Cervantes el Quijote en la cárcel. No hay noticia alguna que fuese un prodigio en la niñez, ni tampoco lo fue Shakespeare. Louis Pasteur en la escuela no era un alumno prometedor en Ciencias Naturales y recibía en Química notas mediocres. Con aptitudes para el dibujo, dedicó sus esfuerzos al aprendizaje de la pintura para finalmente recibir un profundo desengaño, no poseía el don suficiente. Intentó entonces una carrera en la Escuela Normal Superior de París y consiguió otro fracaso. De regreso al hogar paterno, prácticamente desahuciado, se rebeló contra sí mismo: lograría graduarse. Regresó a París, conquistó su graduación y ya a los veintiséis años develaba el misterio del ácido tartárico, su isomería óptica, con lo cual amplió las concepciones de Kekuké. Más tarde llegaría su inmensa contribución frente a las enfermedades infecciosas. Leonardo da Vinci, hijo ilegítimo jamás reconocido, cargó con ese descrédito en aquella sociedad aristocrática pero se sobrepuso a ello. Y también a las hablillas en torno a su madre esclava. Tampoco hay referencias de que fuese prodigio en la niñez.
De haber sido prodigios todos los mencionados esas novedades hubiesen inevitablemente destacado en su tiempo. No importa que alguien, por su pobreza u otra razón, haya tenido que abandonar la escuela para que deje de ser notoria la brillantez académica que adquirió durante los escasos años escolares por los que anduvo. Están documentados ejemplos de niños prodigios que debieron abandonar en la niñez los estudios primarios, pero ello no borró la fama que conquistaron antes del abandono: por ser la misma imposible de olvidar. Y menos aún en personas que deslumbraron en la adultez. Pongamos por caso el empírico en matemáticas Johann H. Lambert, de familia hundida en la miseria hacía prodigios como escolar hasta que tuvo que abandonar la escuela primaria. Y esos prodigios los conocemos hoy. No pudo formalmente estudiar, pero su empirismo no fue óbice para que consiguiera demostrar nada menos que la irracionalidad del número Pi gracias al desarrollo que hizo en fracciones continuas infinitas de la función tangente de x.
Ni Rousseau ni Marx fueron estudiantes sobresalientes, parece todo lo contrario, pero han revolucionado el mundo. En cambio Engels fue un niño precoz y de adulto llegó a dominar treinta y siete idiomas, dirigir sus variados negocios y de paso ayudar a Marx a completar su obra. Tolstoi, noble y rico, tampoco fue un niño precoz. De adulto abandonó sus estudios de Derecho pero a fuerza de voluntad se sobrepuso de la disfunción que le ocasionaba un reumatismo eterno, para hacer una obra eterna. Balzac adolecía de una pobre memoria y además nunca pudo liberarse del maltrato infantil que le habían infligido sus padres. De García Márquez se burlaban los demás escolares por su timidez campesina y su seriedad antediluviana. De niño tampoco está documentado fuera prodigio. Se burlaban de él apodándolo "el viejo". Y Stephen Hawkins nunca fue un prodigio en la escuela, solo era un estudiante más. Pero todos, absolutamente, a fuerza de voluntad desarrollaron el razonamiento y la intuición. Como veremos, esta última es una propiedad importantísima del pensamiento y un atributo del hombre.

Otras dos categorías de genios
Sin embargo los casos anteriores no son los usuales entre las personas que hacen aportes sustantivos en sus respectivos campos. La gran mayoría de genios han asomado sus cabezas desde muy niños. Pero, guárdese el lector, repare en los nombres mencionados arriba y continúe con esta segunda categoría ahora. El caso es que muchos de quienes han sido reconocidos por la humanidad como genios fueron muy brillantes en su niñez, prodigios, y como ha dicho un reconocido historiador de la ciencia, "gente que les cuesta más respirar que razonar". Veamos sus hazañas, citamos también a sus biógrafos. Isaac Albéniz daba conciertos a los cuatro años (Inst. Cervantes), Boole de niño llegó a aprender cinco idiomas (E. T. Bell), Boyle dominó tres idiomas en la niñez (C. Accot) y a esta misma edad Cantor era ya erudito en letras y ciencias (E. T. Bell), José Raúl Capablanca con cuatro años comprendió las reglas del ajedrez tan solo observando jugar, fue campeón nacional con doce y mundial durante siete años sin apenas prepararse (Ecured), Chopin componía música desde los siete años (J. Tovar), Diderot era maestro en artes ya desde los diecinueve años (A. Wilson), Euler era maestro de teología ya a los diecisiete años conforme se preparaba paralelamente por su cuenta en Matemáticas (E.T. Bell), Fermi podía de niño recitar completa La Divina Comedia (Enrico Fermi_ biography), Johann Fichte en la infancia era capaz de repetir un sermón a la memoria tan solo de oírlo (G. Imhof), las precocidades de Gauss fueron novelescas, entre otras, aprendió a leer y calcular solo (E.T.Bell), Goethe era erudito desde niño (autobiografía), William Rowan Hamilton, el decubridor de los cuaterniones y del operador hamiltoniano a la edad de cinco años traducía del latín, griego y hebreo (Francisco Vera), LaGrange a los diecinueve años resolvió un problema matemático que llevaba cincuenta años sin resolver (J.O`Connor), Leibniz transformó la lógica clásica a los catorce años y con esta edad ingresó en la universidad, todo autodidácticamente, a los diecinueve se graduó y cinco meses después era doctor (Julián Marías), la precocidad del Laplace niño era famosa en su aldea (E.T.Bell), Nicolás Lobachevsky a los veinte años ya era profesor universitario (E.T. Bell), John Stuart Mill a los tres años reconocía una enorme lista de palabras en griego y a los ocho leía a Herodoto y Jenofonte en este idioma (autobiografía), Gaspar Monge fue profesor de Física a los dieciséis años (E. T. Bell), Mozart componía música a los cinco años (Enciclopedia Británica), a Pascal su padre no se atrevió entregarlo a nadie para su educación dada su alarmante precocidad y tuvo que hacerlo él mismo (Gilberte Pascal), Grigori Perelmán a los dieciséis años hizo un examen perfecto en la Olimpiada Internacional de Matemática y de adulto logró resolver uno de los siete problemas matemáticos a solucionar a lo largo del siglo XXI y los que siguen durante el milenio, Pablo Picasso con ocho años pintó un excelente cuadro al óleo "El pequeño picador"(Enciclopedia Espasa-Calpe), Diego Velázquez era increíble pintor ya desde la edad de diez años (Enciclopedia Espasa-Calpe).Y esta lista no finaliza nunca.
Pero si es usual que muchos genios hayan sido prodigios de niño, es muchísimo más común que niños prodigios no se convirtieran después genios. Y es porque el papel del entorno y la voluntad es decisivo. Y porque también es decisivo el poseer una mente muy intuitiva. Realmente no basta solo la voluntad ni un gran razonamiento crítico: es necesaria también una intuición fuera de liga. Me atrevo a asegurar que demasiado razonamiento crítico hace más difícil el vuelo de la intuición. La superdotación del razonamiento y la memoria elaboran constructos en los cuales todas las interrogantes se resuelven en los campos de lo ya aprendido. Todo se pretende deducir, y entonces es más difícil pensar fuera de la caja. La mala costumbre obliga. Estas últimas personas, con ser muy geniales, no alcanzaron los logros de los primeros. Y es que los genios superiores que mencionamos en el epígrafe de arriba, los fundadores de rumbos, posiblemente no dispusieran de inteligencias tan precoces pero las desarrollaron a fuerza de voluntad porque estaban dotados desde el nacimiento de una intuición de miedo. Y probablemente se conocían a ellos mismos desde niños muy bien.
No es solamente la riqueza de cuna lo que favorece la aparición genial, muchos de los aquí nombrados nacieron tan o casi tan pobres como Dickens. Por supuesto, una educación al alcance de bolsas de oro ayuda mucho pero no determina. Sin embargo sí determina la circunstancia histórica, en particular el ambiente cultural que rodea. Prácticamente toda la lista está conformada por personas masculinas nacidas en Europa Occidental y concretamente en cuatro países: Alemania, Francia, Gran Bretaña y Rusia. Si hubiésemos dispuesto de los mismos datos pero de los siglos XIV o XV los nombres hubieran sido portugueses o españoles o italianos. Y este análisis hecho para los siglos IX, X, XI hubiera aportado casi solamente nombres árabes. Una investigación hecha en los siglos presentes conduciría a muchos nombres estadounidenses.
Aparece después una tercera categoría de genios y talentos que han efectuado logros significativos para la cultura humana, pero sus logros son inferiores a los señalados en las categorías primera y segunda. Son inventores o descubridores de aparatos o hechos, los cuales, aunque no marcan una diferencia asombrosa, contribuyen a un cambio cultural muy digno de mención. Por lo habitual no han sido prodigios en la niñez pero sí han mostrado un talento poco usual en la escuela que les ha permitido ocupar los primeros puestos por su rendimiento docente, y si sus resultados finales no abren un novísimo camino constituyen importantes soluciones a problemas no resueltos. Conforman una gran franja de personas sobresalientes que pueden catalogarse como genios debido a que han transformado de manera reconocible su campo de actuación. Por lo general son personas bien acogidas en los círculos intelectuales, reconocidas de inmediato pero lamentablemente poco nombradas en el transcurso de unas cuantas generaciones. Dicha franja alberga una buena cantidad – aunque no a todos – de los ganadores de premios relevantes, incluido el Nobel u otros similares. Su mención sería interminable por la extensión que ocupa. Para dar una idea de la calidad de los logros alcanzados por esta franja de genios podemos señalar, como límite superior para los mismos, la explicación hecha por Einstein del Efecto Fotoeléctrico y por la cual le fue concedida el premio Nobel. Era algo entendible, acorde con la naturaleza de las cosas que los demás estaban investigando. La Teoría Generalizada de la Relatividad, principalísimo resultado en la historia de las ciencias, no contó para el premio porque el comité de selección no solamente desconfiaba de ella sino que, dicho simplemente, no la entendía. Y no es el único caso. Orson Wells no recibió el Oscar por Citizen Kane sino solo por su guión, y constituye la obra hoy día considerada por muchos la mejor película de todos los tiempos; Marcel Proust nunca recibió el Nobel pero "En busca del tiempo perdido" es una de las cinco obras literarias cumbres del siglo veinte, solo igualada por el "Ulises" de James Joyce quien tampoco recibió el Nobel, el "Mientras agonizo" de William Faulkner quien sí disfrutó del Nobel junto a una buena taza de envidia, "La metamorfosis" de Franz Kafka quien no solo jamás fue premiado sino que su obra fue totalmente ignorada durante su vida de manera similar a lo ocurrido con el pintor Van Gogh; y "Cien años de soledad", de García Márquez. Sobre Van Gogh cabe mencionar una triste anécdota. Uno de sus retratos del doctor Gachet, cedido por el pintor al médico en gratitud a la amistad que los unía, fue utilizado por el hombre, pintor aficionado, para tapar un agujero que había en su corral de gallinas. Esta misma pintura fue después vendida en 1990 por ochenta y dos millones y medio de dólares. Cosas de la inflación.

El estado anímico que requiere la intuición
No se concibe que la llegada de uróboros se produzca en medio de un estado emocional de tensión, de profunda concentración, de enojo u otros similares. Se requiere que se conecten campos neuronales apartados, en el sentido que no han sido conectados nunca antes, se requiere de sinapsis inéditas y difíciles de interconectarse. Téngase en cuenta la cantidad de cerebros que han trabajado o están trabajando en encontrar la misma solución, andan a tientas, pero por el mismo camino. El descubridor tendrá que ser la persona cuyas concepciones estén suficientemente libres de estereotipos y pueda pensar "fuera de la caja", aquella cuyos conocimientos sean novedosos para el caso en cuestión, no académicos solamente – los conceptos clásicos ya fueron uróboros hace tiempo.
La personalidad del descubridor tiene que ser crítica de aquello que le han enseñado, y debe ser un retador, listo para reponerse a los futuras tropiezos, críticas y hasta escarnios. Parece cierto lo que alguien señaló un día, y está de acuerdo con lo que aparece en las biografías, que cuando la idea genuinamente novedosa surge pasa por cuatro etapas: primero se la considera un disparate, pasado cierto tiempo le reconocen cierta veracidad, pero pequeña; en una tercera etapa le reconocen todo su valor pero aseguran que ya ha sido enunciada, que es un fraude, y finalmente se la reconoce como solución verdadera y novedosa pero de un carácter totalmente evidente, por lo cual no tiene ninguna importancia como descubrimiento.

Las apariciones del uróboros se han dado en estados anímicos tranquilos, parece necesario que la preocupación por el descubrimiento tenga que ser dejada aparte y que solo se piensa en él como algo curioso, interesante. Porque es obligada la motivación necesaria por el problema para que aparezca la conexión, pero el estado de ánimo al pensar en ello de ninguna manera podría ser tenso: la noción de aquello que se investiga y la noción semejante que se conectará con la primera van a asociarse solas, y para ello es probable que se requiera de un estado con la mayor calma. Einstein, quien posiblemente fuera consciente de esto, solía disfrutar a menudo de tranquilos paseos en tren. Ya hemos visto que Newton tal vez descansara a la sombra de un árbol cuando se le apareció el uróboros u ocurrió algo parecido. Puede que pensando en cuál fuerza sujeta a la Luna haya tomado descuidadamente una manzana. Mendeléyev gritaba, gruñía y maldecía cuando no encontraba las soluciones y cuando los que le escuchaban acudían por ver qué pasaba espetaba que maldecía para que no se le produjesen úlceras. Esto último indica que después del desfogue llegaría una tranquila calma deseable para la intuición. Cuando dos elementos tenían propiedades químicas similares pero no cabían en la misma columna por no corresponderse periódicamente sus masas atómicas se le ocurrió forzar la masa del elemento que no encajaba. O sea una palabrota de mal gusto para los demás fue sinónimo de "los demás poco me importan con sus masas atómicas equivocadas". Y cuando no había elemento para continuar una columna, similar actitud le hacía intuir que "ya aparecerá, no ha sido descubierto". Y dejaba la casilla vacía. Solo así pudo conformar la periodicidad de los elementos. Y el futuro le dio la razón.
Arquímedes descubrió su famosa ley en la tranquilidad de una tina de baño y Henry Poicaré relata que sus dos más grandes descubrimientos ocurrieron, el primero cuando puso el pie en el escalón de un bus y el segundo cuando atravesaba una calle – en aquella época no había tanto tráfico –. Por supuesto que detrás de esos dichosos instantes de alumbramiento existe un enorme trabajo duro, sobre todo en ciencias muy desarrolladas como las Matemáticas y la Física. Según el matemático e historiador E. T. Bell es absolutamente imposible para cualquier ser humano llegar siquiera a familiarizarse con la enorme masa de trabajos matemáticos que han aparecido en el mundo a partir de 1900. Por cierto este erudito señala: "a medida que la Matemática evoluciona se dilata y se contrae como los modelos del universo de Lemaitre" (E.T.Bell: Los Grandes Matemáticos, en el capítulo: Poincaré, el último universalista). Esta observación viene a confirmar nuestra concepción descentralizadora-centralizadora en la evolución de los sistemas naturales y por tanto de los descubrimientos que en estas se hacen.

La inútil curiosidad
¿Para qué sirve la curiosidad? Este vocablo se entiende a menudo como fisgoneo, indiscreción. No seas tan curioso, le espetan a mucha gente. Y así, según esta norma, se crían nuestros chicos. Hay que ser discretos, serios, estereotipados. No rompas las normas ni las buenas costumbres. Pero, ¿qué son las buenas costumbres? No mentir, no robar. Y a veces decir una mentira es salvar una vida. Y a veces robar no es un pecado como en el caso de Jean Valjan, todo lo contrario, si no roba mata a su hija. Porque buena costumbre es ser siempre atrevido y mirar la espalda de las cosas. Buena costumbre es desconfiar de lo que parece ser y encontrar lo que realmente es. Buena costumbre es cuestionar todo y no describirlo según se lo han contado a uno. Si miras el cielo encuentra los rostros que forman las nubes y pregúntate por qué son grises cuando se llueven. Si miras la tierra encuentra los frutos de las hierbas silvestres. Si miras el mar no digas que es azul, eso no sirve para nada: descubre dónde es azul verdoso, azul rosa, azul negro y trata de averiguar por qué se ven esas tonalidades. Si miras las aves curiosea por qué los cuervos son negros y las gaviotas son blancas. Si miras los animales intenta entender por qué hay osos negros y osos blancos. Hazte curioso y te harás un hombre de bien.
Y la curiosidad no nace, la curiosidad se adquiere. Y como se adquiere, hay que enseñarla. Cuando un niño de dos años pregunta por qué, jamás hay que responderle porque sí, al contrario, te está dando la oportunidad para que lo hagas curioso, él siente ya curiosidad. Induce su respuesta. Si un niño de siete años pregunta cómo se forman las nubes no lo conviertas en estúpido respondiendo que se forman con el humo de tantos cigarrillos, porque de esta forma te despeñas tú en la estupidez. Toma a tu hijo de menos de cinco años, probablemente la edad más importante y desaprovechada, y enséñale que las nubes se ven negras porque se cargan de agua, y llévalo a algún riachuelo y pregúntale de dónde sale toda esa agua mientras lo haces mirar el cielo. Enséñale las flores de las hierbas, los frutos en que se convierten y compáralos con los frutos de un árbol, que se dé cuenta que todo es lo mismo, que intuya la existencia de leyes naturales. Si has de reparar una licuadora no te cuesta trabajo enseñarlo, no a repararla, sino a que descubra lo que tiene adentro, que entienda su mecanismo por sí mismo y ya podrá él repararla solo cuando sea capaz. Y en el caso de los maestros, qué decir. ¿De qué sirve enseñar un mapa si no haces mención a las diferencias en las costumbres de sus habitantes que son parcialmente consecuencia de esa misma Geografía que estás enseñando? ¿De qué sirve mostrar cómo se resuelve un ejercicio de Matemáticas si no preguntas por qué hay que dar ciertos pasos? Albert Einstein afirmó que no era él una persona tan inteligente como los demás pensaban, pero sí profundamente curioso. Y lo era porque su padre le mostró una brújula a la edad de cuatro años y él se asombró de que la aguja se moviera sin que nada la empujara, y de adolescente su tío le enseñaba los nacientes mecanismos eléctricos del negocio familiar, invenciones muy interesantes para él. El padre, el tío, movieron la curiosidad del hijo. Y la curiosidad duró toda su vida. Por lo cual, de adolescente, sintió la curiosidad de saber qué pasaría si alguien se empareja en la carrera con un rayo de luz. Por esa época estaban en boga las mediciones de la velocidad de la luz. Maxwell había demostrado que era una velocidad limitada.Tal vez pensando en las carreras de caballos o algo semejante, imaginó a una persona corriendo parejo con el rayo de luz que sale de un foco. Ese fue su uróboros. Y, eureka, se dio cuenta que si eso pasara desaparecería la luz para esa persona, porque al mirar hacia el rayo este no llegaría a su ojo. O sea, desaparecería la energía radiante para esa persona. Y como conocía también el principio de conservación de la energía, concluyó que esta no puede desaparecer, por lo cual nadie, nada, puede igualar la velocidad de un rayo de luz. Y como las cosas tienen diversas velocidades, sería absurdo suponerle a la energía radiante velocidades relativas a algo: tendría la luz velocidades tan diversas como las diversas velocidades que cada objeto tiene. Los científicos que trataban de medir la velocidad de la luz respecto a la Tierra estaban equivocados. Esa velocidad no podía ser respecto a nada. Era absoluta. Apareció en esa mente juvenil el meollo de la Relatividad Especial. Lo principal. Lo demás era nimio, solo aprender matemáticas. Y ahora podemos preguntarnos, si en aquella mente infantil no hubiese nacido esa profunda curiosidad: ¿Alberto hubiera sido Einstein?

La intuición en literatura
Pasamos ahora al áspero asunto de las obras literarias. En las ciencias el descubrimiento genuino finalmente se reconoce por la cantidad de hechos inexplicables que ahora pueden ser explicados con la nueva teoría. Los inventos genuinos, por la cantidad de cosas que ahora es posible hacer, imposible antes de llevar a cabo. Pero con las obras literarias el resultado es más sutil.
Cada instante de la historia humana requiere ser impulsado so pena de lesa humanidad. Aquí juega un importantísimo papel el arte y la literatura. Esta última crea arquetipos a seguir o no seguir para evitar la barbarie. El arte crea estructuras que hacen lo mismo, véase al efecto "La breve sonrisa de Leonardo" en este mismo sitio digital. Pero la literatura puede crear los arquetipos de dos maneras diferentes: haciéndolos patentes como ocurre con el Realismo Socialista o velándolos como ha ocurrido con las obras literarias descollantes. Me refiero a los resultados finales que se producen en el ánimo de los lectores independientemente de si el autor tomaba conciencia de su creación o no. Supongamos El Quijote, especialmente la primera parte de 1605. Analizado a baja lectura es una obra para divertir y reírse de un desdichado loco. Sentido a alta lectura es una obra para conmoverse por un anciano quien no teme a una gavilla de monstruos que agitan los brazos como molinos de viento. O sea, toca en el corazón para evitarle a su dueño caer en las nimiedades cortesanas de aquella aristocracia parásita española. Y como existen y existirán las mediocridades, la obra se convierte en inmortal. El héroe está debajo de un disfraz de loco. Y por eso no llega al entendimiento del lector sino a su sentimiento. He tenido la experiencia de ver a espectadores reír y a la vez llorar tan solo por asistir a la brillante encarnación de El Quijote que hizo el actor Nikolai Cherkásov bajo la dirección exquisita de Grigori Kozíntsev en el arisco paisaje de Crimea.
Si Cervantes hilvanó a propósito su obra es motivo de discusión, en mi opinión el genio lo previó todo una vez comenzada, en la cárcel, la primera parte. Se dio cuenta de la enorme figura que estaba creando, de ahí su frase en la segunda parte: "Y así debe ser de mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla". No lo necesita. Es lo menos que necesita.
El descubrimiento de un personaje literario es el descubrimiento de un símbolo que mueve el ánimo del lector sumido en un dilema social. Y precisamente, para conmoverlo, el símbolo se aparece vestido de su opuesto. Hay una lucha de contrarios en él como la predicada por Hegel, una lucha de contrarios que empuja la civilización. Así de difícil es descubrir el personaje legítimo para hacer buena literatura. La esencia de una narración no está en su historia, sino en los personajes que se puedan inventar, porque va dirigida a seres humanos como ellos. Aunque el método es el mismo. Como el autor está por lo general sumergido en idéntico dilema social que el lector, necesita resolver el problema con uno varios personajes que encarnen ese dilema. En la soledad de una celda tal vez haya recordado Cervantes las injusticias de aquella sociedad. Allí mismo sería testigo de peleas locas, de burlas inmisericordes. Y el dilema social, similar en su esencia al mismo de la cárcel trae a la mente el personaje de un loco. Pero conforme escribe se involucra cada vez más con su personaje. El loco se convierte en el soldado de Lepanto, en el héroe cuyo valor personal de nada le valió en la vida. Tenías que estar loco para arriesgarte así en Lepanto, le susurran los cortesanos. El héroe, Cervantes, solo llegó a ser un pobre loco. Ha nacido Don Quijote.

Bibliografía
Auguste Kekulé et son oeuvre, realisee a Gand de 1858 a 1867, Memoires de l'Academie Royale de (Belgique, 37:1 (1866), 1-40. Jean Gillis,
Biología. Paul Weisz.
Diccionario de inventos y descubrimientos, Editorial Egelsur, 2000.
Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo. Charles Darwin.
Ecured.
El problema de la educación. Michele F. Sciacca.
Emilio o De la educación. Juan Jacobo Rousseau.
Ensayos sobre el desarrollo de las ideas básicas de la Física. Academia de Ciencias de la URSS.
Enciclopedia Americana, ed. 1959.
Enciclopedia Británica (1959). Chicago- London- Toronto: Encyclopaedia Britannica, Inc
Enciclopedia Británica (1989). Chicago- London- Toronto: Encyclopaedia Britannica, Inc
Enciclopedia Espasa-Calpe en 70 tomos.
Horvitz, L.A: ¡Eureka! Descubrimientos científicos que cambiaron el mundo
Inventos y descubrimientos famosos, Editorial América.
Los grandes matemáticos. E.T.Bell.
Pequeño Larousse Ilustrado, 1967.
Veinte Matemáticos. Vera, Francisco
Voltaire. Epístola sobre Newton, 1736.
Wikipedia.


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